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NOTAS DE
LA SEGURIDAD AEROCOMERCIAL EN LOS EE UU

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Casos extremos que demuestran la fragilidad de la seguridad en los vuelos internacionales y de cabotaje

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Una mañana de julio de 1989, me encontraba en Miami viendo TV, cuando una noticia despertó mi curiosidad. Decía el reporte, que los controles aéreos estaban monitoreando un pequeño avión, que había despegado de Nueva York con destino a una ciudad mediterránea, que estaba desviándose hacia el sur, en dirección de las islas Bahamas.
El piloto no respondía a los llamados de los controladores aéreos, cuya jurisdicción sobrevolaba.

Había observado que en toda la zona sudeste de la Florida, existían radares para la detección de vuelos a baja altura, ubicados sobre la ruta US 1, desde Miami hasta Cayo Hueso. Estos equipos de detección, se encuentran en pequeños dirigibles cautivos, que se mantienen fijos a unos 300 pies de altura. Cuando se detecta un avión intruso, normalmente provenientes de Colombia, un avión patrullero del Coast Guard los intercepta. Pero, en vez de entregarse se ha podido filmar el momento en que se arroja el contrabando sobre los Everglades y al piloto que se lanza en paracaídas. El pequeño avión, luego cae al mar, cuando se le termina el combustible. Es imposible estar en todos lados.
Provenientes del sur, estas pequeñas aeronaves contrabandistas, pasan con luz verde por sobre el espacio aéreo cubano, donde cabe suponer, que pagan al gobierno lo que podríamos llamar cierta forma de peaje.

El solitario piloto neoyorquino no respondía, por lo que el sistema de alerta roja se puso en acción. Todo esto seguía viéndolo en la TV en tiempo real.
Un escuadrón de cazas despegó de Fort Lauderdale y luego de volar a velocidad supersónica interceptó la avioneta, que seguía sin responder los llamados del controlador aéreo. Uno de los cazas se puso sobre su costado izquierdo, comprobando que el piloto parecía estar desvanecido. Era evidente que volaba con piloto automático y que la deriva producida por los vientos de altura, lo había desplazado de su ruta original.
El copiloto tomó una fotografía que fue transmitida a su base y aún con la pequeña aeronave en vuelo, la televisión la mostró.
Lo que después ocurrió fue increíble.
Los responsables de la operación, en base al tipo de aeronave, determinaron el tiempo de vuelo remanente y el área de posible caída. Mediante un mapa, la TV mostraba la zona estimada por la Central de Operaciones de los guardacostas, que quedaba entre Miami y Bahamas, en mar abierto.
Cuando sin combustible, la avioneta se precipitó planeando al mar, en el lugar se encontraban varios helicópteros. Pude ver en la pantalla su caída y cómo se lanzaban los hombres rana desde uno de ellos, que poco después rescataban al solitario piloto herido de bala. En la guantera había una pistola y ya en el continente, el piloto expresó que esa herida se la había producido al dispararse el arma con el impacto. Los técnicos expresaron que eso era imposible. Evidentemente se trataba de un caso turbio, cuyo final desconozco.

No pude dejar de comparar este hecho, con el famoso caso del joven piloto alemán, que en la época de la guerra fría, manteniéndose en vuelo rasante, aterrizó en la plaza Roja de Moscú.

En 1997, tuve la suerte de ir a Washington DC, para hacer un curso avanzado de armas, explosivos, leyes de armas y aduaneras de los EE UU. Del Renar, fui con el Dr. Juan Carlos García Gutiérrez y personal de la Policía Federal, Gendarmería, Prefectura y Policía Aduanera.
Los muchachos del US Custom, aduana americana, nos mostraron por dentro el aeropuerto Dulles, cercano a Washington DC. En los aeropuertos importantes norteamericanos tienen lugares disimulados, parecidos a esos búnkers con cristales espejados que hoy vemos en algunos bancos de nuestra ciudad. Desde allí observan el público que va arribando. Si alguien, sobre la base de la lectura corporal, les resulta sospechoso, les ponen al lado un supuesto pasajero, que es agente aduanero disfrazado. Si la sospecha se confirma, como al descuido le acercan un perro que lo huele y detecta lo que buscan.
Mientras estábamos en esa especie de búnker, uno de los monitores se puso como un árbol de Navidad, emitiendo además sonidos de alarma. Nuestro instructor expresó que teníamos novedades. Efectivamente, en un vuelo que ya se encontraba en zona, la inteligencia nacional informaba al aeropuerto que uno de los pasajeros tenía antecedentes penales. El agente aduanero hizo algunos pases mágicos con la computadora y apareció en pantalla, la foto de una mujer de color, con todos sus datos personales, que una vez había sido penada por tráfico de drogas y estaba llegando al Dulles en ese vuelo. Por supuesto, luego seguía el proceso para saber qué fin le traía por la zona, pero sin molestarla, sólo preventivamente.

En otro sector del aeropuerto, un gigantesco agente de color de la aduana, nos explicaba cómo se controlaba la mercadería que era cargada en los aviones. Afuera del enorme hangar abarrotado de mercadería, una larga fila de aviones estacionados de Federal Express, se encontraba estibando su carga. Ante nuestra vista, estaba un pequeño misil con capacidad nuclear, por supuesto sin la carga, que había sido recorrido, e iba a su lugar de origen. Un representante diplomático árabe, había traído desde su país, los cerámicos para el piso de su residencia ubicada en otra ciudad. Más allá se encontraba una enorme Harley Davidson, con destino a las islas Bahamas, que por resultarle sospechosa, estaba retenida. (¡¿?!). El gigante expresó que le resultaba raro, que el envío se haga por avión en vez de barco. Entonces iban a investigar al remitente, destinatario, la misma motocicleta, etc. Los pichichos, mientras tanto, habían olfateado miles de paquetes.

Durante el último mundial de fútbol, un juzgado criminal y correccional ubicado en la Av. Comodoro Py, de Buenos Aires, solicitó la asistencia de un funcionario del Renar para una pericia. El caso estaba vinculado con los EE UU.
Se trataba de un joven de color, con tres pequeños bolsos, que había tomado un vuelo en Chicago, Illinois, a Nueva York, NY. En ese lugar, abordó un avión con destino a Buenos Aires, en una línea aérea norteamericana.
Una vez en Ezeiza, el joven se trasladó al aeroparque, con destino final Ushuaia. Un negro con bolsos de todos colores y vestido como sólo ellos saben hacerlo, no despierta la atención en los EE UU, pero sí la de un policía aeronáutico porteño.
El policía le solicitó al norteamericano que abriese uno de los bolsos. En ellos había una escopeta calibre 12 UAB y una carabina 9 mm, con abundante munición.
Mi pericia, consistía en lo de siempre, marca, número, calibre, etc. Es raro encontrar una carabina 9 mm en la Argentina, pero es común en los EE UU.
Le expresé al juez, que el joven de color, había cometido tres delitos federales, subir a un avión con armas, trasladarlas entre Estados y sacarlas de contrabando. A su vez, había ingresado armas de contrabando por Ezeiza y... las llevaba consigo.
El juez me comentó que su destino final era la Antártida, donde pensaba ir a cazar (parece que el negro no tenía muy claro que allí no opera Buquebus, o le había fallado la escala).
El norteamericano tenía sólo 70 dólares, sus pasajes, y no poseía tarjetas de crédito ni equipo adecuado. Le propuse a su señoría que ordene una pericia psiquiátrica, cosa que ya había hecho. También le propuse que lo entregue a la Embajada de los EE UU, ya que de esta manera iba ahorrar tiempo.

Epílogo: mientras culminaba mi declaración, los empleados del juzgado fueron desapareciendo uno a uno. Luego de firmar mi pericia, expresé que deseaba despedirme del juez. La empleada que había redactado el escrito, con cara no muy convincente y evidenciando una no muy bien disimulada picardía, me expresó que su señoría estaba reunido con todos los empleados.
Conmigo, ahora de cómplice, salimos con la empleada hacia el despacho del juez.
Ya estaba todo el juzgado frente al televisor, disfrutando del partido donde al final ganó Argentina. A mí tocó sentarme en el suelo, sobre la alfombra, junto a varios de los muchachos del juzgado.
¡Qué pericia ni pericia!