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ANECDOTARIO DE LA VIDA NAVAL
ALMA QUE ANDAS PENANDO













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Terror en la noche
















Como se estilaba en las primeras etapas de la instrucción nocturna, era necesario hacer perder el miedo a la oscuridad al personal recién incorporado. En la Base Baterías, contaban con la ayuda de la leyenda del Capitán sin Cabeza, pero los del BIM3 (La Plata), teníamos que arreglarnos como podíamos.
Una tarde de otoño, en el Parque Pereyra Iraola, previa a la instrucción de la noche, con el argumento de realizar un reconocimiento, me dirigía a bordo de un jeep, a la casa abandonada que junto a un curso de agua existía en el lugar.
Oculto en un bolso, llevaba un grabador conteniendo registros de efectos especiales para películas de terror, distribuidos con diferentes intervalos en tiempo.
El ambiente era ideal para descontrolar los temores: el sol había caído y una penumbra cada vez mayor, en medio de la más absoluta quietud y silencio, daban un toque misterioso al caserón, que poco a poco era envuelto por una niebla azulada que envolvía lentamente el bosque.
Entramos a la casa, que se encontraba casi en ruinas y en un descuido del conductor del jeep, deposité en el suelo el grabador, poniéndolo a funcionar. En unos minutos, comenzaría a emitir con ligeros intervalos, sus terroríficos sonidos.
Estábamos caminando en silencio cerca de la casa, cuando proveniente del interior, de improviso se oyó un jadeo, de esos que emiten los monstruos, mientras chorrean baba.
El chofer me preguntó si había oído algo, a lo cual respondí distraídamente que no. Pero de todas maneras ,el conscripto quedó visiblemente preocupado.
Minutos después, se oyó claramente el sonido de cadenas que se arrastraban por el piso. Ante la mirada alarmada de mi acompañante, reconocí haber escuchado algo, por lo que con mucho cuidado, nos aproximamos a la ventana lentamente.
Se había hecho de noche y la casa era una boca de lobo. Cuando estuvimos cerca de la abertura, un agudo grito de terror, nos paralizó.
El conscripto, luego de superar su sorpresa, en voz baja y perentoria, casi en mi oído, dijo: no está pá quedarse....
Asentí con la cabeza y tratando de mantener cierta dignidad en nuestra huida, nos dirigimos rápidamente al jeep.
El chofer trepó hecho una luz e intentó arrancar, pero por los nervios lo ahogó. Y dale y dale, pero era inútil. Para colmo no lo podíamos empujar, porque se había hundido en el barro.
Pasado un rato y cuando las ánimas en pena ya estarían por atacarnos, como el vehículo no funcionaba, le indiqué que vaya a pedir auxilio al vivac. El conscripto me propuso que lo acompañe, pero me negué.
Salió en dirección del vivac como récordman mundial. Ya solo, con cierta aprensión aproveché para retirar el grabador, que seguía emitiendo sonidos terroríficos. El efecto en esa soledad, era realmente tremendo.
Pensé que mientras tanto, la impresión auténtica del conscripto, estaría dando sus frutos entre el personal del vivac.
Cerca de una hora después, llegó corriendo un numeroso grupo de rescate, munidos de linternas, faroles y armas, gritando mi nombre a viva voz.
Minutos después, gracias a la lealtad y valentía del noble conscripto, lograron rescatarme de las garras de los monstruos, sin un rasguño.
Esa noche, el ambiente psicológico para la educación del carácter, era más que ideal.
Supongo que en algún lugar, a la luz de las brasas, un infante de marina todavía debe estar contando por milésima vez, su terrorífica experiencia en la colimba.
Cuando me acuerdo, todavía me corre un escalofrío.